Un soplo de aire puro


Qué lástima de nosotros si perdemos todo aquello que nos hace mágicos…  una palabra  que significa lo fantástico, lo ilusorio, pero cada día nos damos cuenta de lo vital e imprescindible que es esta palabra para las personas.

Para distinguirnos de todo lo demás que nos rodea necesitamos tener ilusión, realizar todo aquello que nos hace felices;  esa ilusión hay que saber  trabajarla para que crezca, no podemos dejarla morir. La cultura nos hace mejores, por ello tenemos la obligación con nuestra sociedad de crearla  en cada una de sus ramificaciones (música, pintura, interpretación,..) que es la que nos proporciona esa fuerza, ese aliento que necesitamos para vivir cada día.

Supongo que habrá quien lea estas líneas y piense que con los problemas que hay hoy día, parece irónico que   podamos pensar en  esto: de las más grandes depresiones han surgido los artistas más punteros en todos los campos. Necesitamos oír música para poder soñar, enriquecer el pensamiento; ahora es cuando necesitamos con urgencia alimentar la parte de los sentidos y emociones que nos complementan, sin ellos no somos nada.

Tenemos portátiles, consolas, móviles, tabletas… pero no tenemos ilusión, por eso tenemos que defender la cultura como un bien preciado que cada día esta más olvidado por nosotros mismos.

Ejemplos maravillosos los tenemos dentro de nuestros propios paisanos, que aún contra corriente luchan por conseguir que la cultura sobreviva e intentan mantenerla por encima de todo. Yo personalmente me decanto por una persona ejemplar, Teresa Calvache Ramírez.

Me encontré el otro día andando por el pueblo a Teresa. Me paró para comentarme que, aparte de su pintura, por todos conocida, había escrito un libro.  Parecía una niña con zapatos nuevos, estaba tan radiante de emoción que consiguió que yo también me emocionara.

 Me gusta, me impresiona su sonrisa cuando la veo, su aire de juventud, su eterno optimismo; parece que por ella no hubieran pasado mil batallas, duras y difíciles, pero su actitud es siempre de aire triunfal.

La conozco desde siempre, y siempre conocí sus cualidades artísticas, porque señores…, músico, pintor puede ser cualquiera que trabaje sus aptitudes pero ¡artista, esto es otra cosa!  Artistas con mayúsculas no hay muchos, es un bien escaso por desgracia, pero eso también nos hace reconocer a los pocos que aparecen, como personas especialmente queridas.

La sensibilidad del artista tiene un ámbito mucho más amplio, necesita cada día innovar, experimentar en cada una de las artes, poque su más importante cualidad es el ansia de saber; eso es lo que le ocurre a Teresa, no para de investigar, de completar su carisma.

Tengo que admirar y aplaudir  a esta artista, criada y formada en Caravaca, aunque nacida por circunstancias en Pliego, pero caravaqueña en el alma. Nunca abandonó su proyecto de vida, aun encontrando dificultades en el camino, porque siempre  superó todos los obstáculos  con la sonrisa en la cara, inculcando a sus hijos todo el amor que ella siente por el arte.

Ella es y se siente joven porque la persona que realiza sus sueños, a pesar de los años, sigue siendo una niña, llena de ilusión y alegría, todo esto refleja en su mirada, en su caminar,  en su presencia.

El  libro que ha escrito  sencillo, diáfano y amable, nos hace conocerla más profundamente y  nos acerca a  una sociedad de Caravaca que todavía podemos reconocer; sus emociones y  sentimientos  son compartidos por el lector,  haciendo que la lectura sea muy agradable. Nos da un ejemplo de constancia, valentía y verdadero amor por su trabajo: Ser artista.

Agradezco, apoyo y comparto su esfuerzo, porque hasta que no se entienda claramente que el arte tiene que formar parte de nuestra vida cotidiana, de nuestros niños para educarlos, de los jóvenes para reconducirlos en su formación y de los adultos para alimentar su desarrollo natural,  no se conseguirá  mejorar  la sociedad ya que esto repercute de una manera directa en cada uno de nosotros.

Seamos atrevidos, llenemos el desaliento con arte y conseguiremos cambiar el futuro.

 

 

Ana María Vacas Martínez-Blasco


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